La caída sostenida de la natalidad en la Argentina dejó de ser un fenómeno privado para convertirse en un dato político de primer orden. En el partido de Escobar, los números de los últimos años revelan una transformación profunda que interpela al Estado, a la planificación pública y, de manera particular, al sistema educativo. Por Fernando Bonforti (*).
En los últimos años, la natalidad se transformó en una de las señales más elocuentes de un cambio de época. En Argentina nacen cada vez menos chicos, y esa tendencia ya no puede explicarse únicamente desde decisiones individuales. No se trata solo de elecciones personales ni de cambios culturales aislados, sino del resultado de un entramado complejo donde se combinan condiciones económicas inestables, transformaciones en los proyectos de vida y un Estado que, en muchos casos, llega tarde o de manera fragmentada a acompañar los procesos de crianza.
Durante décadas, el crecimiento poblacional funcionó como un supuesto incuestionable sobre el cual se planificaron escuelas, hospitales, infraestructura y políticas sociales. Hoy ese supuesto se rompe. La cantidad de nacimientos cayó de forma abrupta y sostenida, marcando un quiebre histórico. Tener hijos dejó de ser un paso natural del ciclo vital y pasó a convertirse en una decisión cada vez más costosa, evaluada y, en muchos casos, postergada indefinidamente.
Ese escenario nacional tiene un correlato claro en Escobar. Los registros locales muestran una baja persistente de nacimientos que no admite lecturas livianas. En 2020 se contabilizaban más de 2.400 nacimientos en el distrito. Desde entonces, la curva fue descendente: alrededor de 2.300 en 2021, poco más de 2.200 en 2022, cerca de 2.000 en 2023 y menos de 1.900 en 2024. En apenas cuatro años, Escobar perdió más de quinientos nacimientos anuales. No es una oscilación estadística: es una tendencia estructural.
La paradoja es evidente. Escobar sigue creciendo en población total, supera los 250 mil habitantes y continúa expandiéndose territorialmente. Se multiplican los desarrollos inmobiliarios y el distrito se consolida como una opción residencial para miles de familias. Sin embargo, ese crecimiento no se traduce en más nacimientos. Hay más habitantes, pero menos bebés. Más hogares, pero familias más pequeñas. El crecimiento existe, pero el recambio generacional se debilita.
Este cambio silencioso ya empieza a impactar de lleno en el sistema educativo. La menor cantidad de nacimientos se traduce, años después, en una baja de la matrícula en los niveles inicial, primario y secundario, obligando a revisar lógicas históricas de expansión. Lo que durante décadas fue sinónimo de crecimiento sostenido hoy empieza a mostrar señales de estancamiento e incluso de retroceso, un escenario para el cual el sistema educativo no siempre está preparado.
Aquí aparece una discusión incómoda pero central: menos alumnos no garantizan automáticamente una mejor educación. Sin planificación, la baja de la matrícula puede derivar en cierres de secciones, reordenamientos improvisados y tensiones laborales que terminan deteriorando las condiciones de enseñanza. Al mismo tiempo, también abre una oportunidad que rara vez se aprovecha: repensar la calidad educativa, el tamaño de las aulas, el acompañamiento pedagógico y el rol de la escuela como espacio de cuidado, inclusión y construcción de igualdad.
En distritos como Escobar, donde conviven realidades sociales profundamente desiguales, el desafío educativo es doble. Por un lado, anticipar el impacto demográfico en la organización del sistema; por otro, evitar que la caída de la natalidad profundice brechas entre escuelas y territorios. La pregunta ya no es solo cuántos chicos habrá en las aulas, sino qué tipo de escuela se construye para quienes efectivamente llegan a ellas y qué lugar ocupa la educación en un proyecto de desarrollo local de largo plazo.
Al mismo tiempo, la baja de los nacimientos convive con mejoras en indicadores sensibles como la mortalidad infantil, lo que muestra avances en el acceso a la salud y en la calidad de la atención durante el embarazo y la primera infancia. Menos nacimientos, pero con mejores condiciones, es una lectura posible. Sin embargo, ese dato positivo no alcanza para neutralizar el interrogante de fondo: ¿qué condiciones reales ofrece hoy una ciudad para criar, educar y proyectar una familia sin que eso implique resignar bienestar?
Aquí la cuestión deja de ser demográfica y se vuelve abiertamente política. Porque la natalidad no cae en el vacío. Cae en contextos donde el acceso a la vivienda es limitado, la estabilidad laboral es frágil, los sistemas de cuidado son insuficientes y la escuela – en lugar de ser fortalecida como pilar social – muchas veces es pensada solo como un gasto a recortar. No es que las personas no quieran hijos; es que el entramado social y estatal, cada vez más, no acompaña.
Cuando una sociedad empieza a tener menos hijos, lo que se expresa no es solo un cambio cultural, sino una pérdida de confianza en el futuro. La natalidad funciona como un termómetro social: mide expectativas, horizontes posibles y la capacidad colectiva de imaginar un mañana mejor. Ninguna política pública puede obligar a nadie a tener hijos, pero sí puede crear – o destruir – las condiciones que hagan posible desearlos sin miedo.
El verdadero riesgo no está en tener menos nacimientos, sino en naturalizar esa caída sin debate ni planificación. En aceptar los números como un dato inevitable y no como una advertencia. Porque cuando el Estado se limita a registrar la baja de la natalidad sin traducirla en políticas educativas, sociales y de cuidado, lo que se consolida no es solo un cambio demográfico, sino una renuncia silenciosa a pensar el largo plazo.
Escobar ya está atravesando ese cambio. Los datos son claros y la tendencia es consistente. La pregunta no es cuántos chicos nacerán mañana, sino qué decisiones se toman hoy para que el futuro no quede librado a la inercia. La natalidad no es solo una cuestión privada. Es una señal política. Y mirar para otro lado también es una forma de decidir.
(*) Fernando Bonforti
Especialista en Educación, Gestión y Políticas Públicas.
Director de FB Educación & Gestión –
Instagram: fb.educacion.gestion